LA BELLEZA DEL CAOS

Hay hombres que construyen edificios; otros, hogares. Luis Fernando Ito Canillas ha hecho ambas cosas. Ingeniero civil de profesión, acostumbrado a trabajar entre cálculos, estructuras y planificación, aprendió que las obras más importantes rara vez siguen un plano. La vida, en su caso, decidió sorprenderlo dos veces: primero con trillizos y tiempo después con gemelos. Así nació una familia de siete integrantes en la que el amor se multiplica al mismo ritmo que los desafíos cotidianos.

La historia de Luis Fernando Canillas y Fabiana Domaniczky desafía toda estadística. Entre risas, Ito suele aclarar que solo atravesaron “dos embarazos”: el primero trajo a Benicio, Tomás y Costanza, hoy de ocho años; el segundo, cuando la familia ya había encontrado cierta estabilidad, llegó con una nueva sorpresa. Lo que parecía ser un último hijo terminó convirtiéndose en la llegada de Pablo y Gastón, los gemelos que hoy tienen un año.

“Con tres ya éramos felices, estábamos estabilizados. De repente, Fabi me dijo que estaba embarazada. Me sorprendí, pero lo tomé bien. Pensé que venía uno último para darnos vuelta los planes. A los pocos días nos dijeron que eran dos. Me enojé con la vida durante dos semanas porque volvieron todos los miedos de los embarazos múltiples. Después se me pasó y disfrutamos muchísimo el proceso. Hoy estamos más que felices con cada uno de ellos”, recuerda con absoluta honestidad.

Aquella noticia fue una nueva lección. Para alguien acostumbrado a que un proyecto siga una lógica precisa, la paternidad le enseñó que no todo puede anticiparse. “En la casa la ingeniería no sirve para nada”, dice entre carcajadas. “Mucho menos en la crianza. Cada hijo es un mundo y te cambia los esquemas todos los días”.

Sin embargo, detrás de la aparente improvisación existe una maquinaria silenciosa que permite que todo funcione. Y allí, asegura, el mérito es de su esposa: “En la gestión de recursos y tiempos le doy el 100 % del crédito a Fabi. Ella trabaja de mañana, y por la tarde coordina todas las actividades de los chicos de una manera increíble. Por algo dicen que las mujeres son multifacéticas”.

Con el tiempo, Ito descubrió que el orden absoluto es una ilusión: “Si hay algo que me enseñó la vida es que no se puede tener todo bajo control. Hay que confiar, soltar y dejar que las cosas sucedan, siempre tratando de ser nuestra mejor versión”.

Los pilares que sostienen el hogar

En una casa donde el movimiento es permanente, lo fundamental es invisible: los principios y el ejemplo cotidiano. “Creo que el cimiento principal es la fe. Dios por sobre todas las cosas. Obrar y actuar bien, reconocer los errores, respetar al otro, pedir perdón. Estos valores son innegociables y se transmiten, no se enseñan. Si no sos un papá o mamá presente, tu hijo difícilmente aprenda la importancia fundamental de la familia”.

Esa presencia también implicó decisiones concretas: se mudaron a una casa pensada para acompañar su dinámica, con espacios lúdicos, patio para liberar energía y una ubicación estratégica, a pocas cuadras del colegio y de los abuelos. “Necesitábamos más habitaciones, una sala de juegos para los trillis, otra para los gemelos, gimnasio para Tomi, un área grande de servicio y jardín. Compramos la propiedad e hicimos muchísimas reformas para que todo fluya conforme a nuestra realidad”, detalla. Allí transcurren los fines de semana entre partidos de fútbol, almuerzos familiares y una rutina que, aunque intensa, se vive con naturalidad. “Hacemos lo que podemos, cuando podemos y como podemos. La precisión milimétrica en la crianza múltiple simplemente no existe”, afirma.

Uno de los desafíos más importantes ha sido aprender a mirar a cada hijo de manera individual. Aunque muchas veces se los agrupe como “los trillis” o “los gemelos”, Ito insiste en que cada uno tiene su propia personalidad. “Es difícil crear espacios individuales porque comparten prácticamente todo. Trato de aprovechar los viajes en auto cuando llevo a uno al fútbol o a otra actividad. Son momentos pequeños, pero nos conectamos realmente uno a uno”.

La misma atención que les dedica a sus hijos procura darle a su matrimonio. Entre cinco niños pequeños y agendas cargadas, sabe que la relación de pareja necesita cuidado constante: “Es muy fácil convertirse solamente en papá y olvidarse de ser esposo. Hay que luchar contra eso. Salir de vez en cuando solos, hablar de nosotros, no siempre de los chicos. Es fundamental que estemos bien para que todo funcione”.

Cuando mira atrás, reconoce que gran parte de su historia familiar está marcada por pequeñas y grandes victorias. Entre ellas, guarda un lugar especial para el nacimiento de los trillizos y la lucha que emprendieron por la salud de Tomás: “Vivimos de pequeñas victorias y confiamos en que cada desafío puede superarse”.

Tres palabras y un legado

Si tuviera que definir el espíritu de su hogar en tres palabras, la respuesta llega sin titubeos: caos, amor y perseverancia. “Caos porque mentiría si dijera que vivimos en una casa perfectamente ordenada. Mucho amor porque es lo que sostiene todo. Y perseverancia porque Tomi nos enseña cada día que si uno quiere, uno puede. Todos empujamos el mismo carro”.

Para Ito, el legado que busca dejar no está vinculado a bienes materiales, sino a principios capaces de trascender generaciones. La inspiración proviene de su propio padre, quien le transmitió una enseñanza que aún guía su vida. “Siempre nos decía: ‘Yo no les voy a dejar una herencia de plata, pero sí un buen nombre y valores’. Para mí eso es fundamental. Por encima de lo económico, está la persona”.

Hoy, rodeado por una familia numerosa que desafía cualquier cálculo previo, Ito encuentra la felicidad en los logros y también en los problemas compartidos. Porque, después de todo, entiende que el verdadero éxito no se mide en números ni en resultados, sino en la huella que dejamos en quienes más amamos. “Quiero que mis hijos sean buena gente, felices, enteros, íntegros, y que se respeten a ellos mismos y a los demás. No tengo dudas de que así va a ser”, finaliza.