COCINAR CON INTENCIÓN
Chic llegó a Punta del este en el momento más alto de la temporada, cuando los veraneantes disfrutan de ese sol que cae sin apuro. En una de esas mañanas claras, con el mar que hacía de espejo y el viento que ordenaba las ideas, nos encontramos con la chef paraguaya Guadi Elizeche. en una charla íntima, nos habló de sus raíces, su trayectoria en el universo gastronómico y sus lugares predilectos en el epicentro del verano esteño.
En medio de su agenda laboral en Punta del Este, Guadi Elizeche reservó una mañana de brisa y calma. En la calidez de Zunino Pâtisserie, café mediante, posó para nuestra cámara así como es: serena, sencilla y auténtica. Detrás de su sonrisa cálida está María Guadalupe Elizeche (31), una mujer que no solo cocina: crea, diseña y dirige. Su mundo hoy tiene nombre propio, Studio Elizeche, donde se desempeña como directora y cada proyecto lleva su firma invisible, hecha de intención y memoria. Su sólida formación académica comenzó en el colegio Las Teresas y se perfeccionó en instituciones como IGA Paraguay, Centro Garofalo, O’Hara y también en Italia, en el Dante Alighieri de Recanati.
En 2022, su nombre resonó con fuerza fuera del país cuando fue seleccionada como representante de Paraguay para competir en la S. Pellegrino Young Chef Academy, una plataforma internacional que reúne a jóvenes cocineros con talento y propósito. En Bogotá, Colombia, fue la más votada por el público y obtuvo el premio Food for Thought, establecido por la revista Fine Dining Lovers.
Su primer gran recuerdo gastronómico tiene un protagonista absoluto: el maíz. Al escucharla, la chipa guasu, la sopa paraguaya y el vori vori dejan de ser recetas para convertirse en escenas familiares. Nos cuenta que el aroma de esos platos nacía mucho antes del fuego; comenzaba con la elección del grano fresco, como un preludio sagrado. En su casa, la cocina era una suerte de competencia cariñosa: un campeonato doméstico en el que el único premio era la felicidad compartida.
Si existe un plato que aún la abraza, incluso en la distancia, es el vori vori, ese que su tía Muñeca y su madre le preparaban con ternura en cada cumpleaños. A su mapa de sabores se suma el dulce de mamón con queso Paraguay, un legado de sus abuelos, quienes lo producían y lo volvían costumbre: verdadero amor conservado en almíbar.

Si no hay humanidad, no hay magia
Cuando entra a un sitio nuevo, Guadi no busca solo una propuesta culinaria, sino algo más intangible: el alma. Dice que existen sitios con un magnetismo difícil de nombrar, pero que se traduce en calidez. Su mirada, experta y curiosa, analiza los elementos que visten el espacio, la infraestructura, el recibimiento y el concepto del menú. Sin embargo, hay un factor determinante: la atención. Un lugar puede ser estéticamente impecable y tener una cocina técnica, pero si falta humanidad, no hay magia.
Su entorno asegura que es exigente con la comida; Guadi se ríe y lo niega a medias. Quizás no sea estricta con un ingrediente específico o un punto de cocción, pero sí con la experiencia integral.
Para entrar a su lista de favoritos, un establecimiento debe ser coherente desde el primer mensaje de reserva hasta el saludo de bienvenida. Y si a eso se suma una cocina impecable, entonces sí: se vuelve inolvidable.
Punta del Este, por supuesto, también tiene su mapa en la mirada de Guadi. Ella nos comparte sus favoritos, una hoja de ruta diseñada según los momentos del día, los antojos y los planes.

Le preguntamos si su amor por la cocina fue un flechazo o una historia lenta. Guadi admite que muchas veces se cuestionó en el camino, como cualquiera que se entrega a una vocación que exige tanto. Pero hubo un punto de inflexión cuando tuvo la oportunidad de representar a Paraguay en una cocina internacional. Entonces no solo sintió orgullo, sino un enamoramiento renovado por las tradiciones del país y el trabajo que ya venía construyendo. Como si salir al mundo le hubiera enseñado, con más fuerza, de dónde venía.
Ella está convencida de que es hora de valorar nuestra riqueza gastronómica. No se trata solo de ingredientes, sino de técnicas y artesanías de cocción que son parte de nuestra identidad, como el tatakua, el brasero, el ahumado en cántaros, el chyryry. Formas de cocinar que no son moda ni tendencia, sino herencia.
Entre sus favoritos están el maíz, la mandioca y la yerba mate, no solo por su versatilidad, sino porque son parte de la vida diaria sin pedir permiso. La mandioca, dice, es como el pan del paraguayo. El maíz, el infaltable que nos hace lucir con recetas tradicionales. Y la yerba, esa presencia que une generaciones, está en cada familia, sin excepción.

Sostiene que la identidad paraguaya es profunda, una amalgama de costumbres y tradiciones que respiran con fuerza. Bajo su mirada, el desafío no reside en la falta de materia prima o capacidad, sino en la necesidad de ganar seguridad y reclamar nuestra herencia con orgullo.
Esa misma sensibilidad se refleja en su manera de trabajar. Para ella, personalizar un evento y hacerlo familiar no es una estrategia, es una forma de escuchar. Se fija en los detalles, en lo que el cliente menciona en las reuniones: un ingrediente, un color, una textura, un aroma, una puesta de mesa, esos pequeños gestos que quizás sean irrelevantes para algunos, pero que para otros significan hogar. Y ahí está su talento, en traducir lo emocional en algo que se puede servir. “Me gusta mucho prestar atención a los detalles, escuchar lo que el cliente quiere y captar ese pequeño gesto en sabor”, afirma.
Hoy, tras más de una década de cocina, entendió que para sostener la excelencia hay que saber descansar. Su desconexión no tiene extravagancias: es tan sencilla como almorzar con su esposo, visitar a su familia los fines de semana o prepararse un café de especialidad sin apuros antes de arrancar el día. También le gusta pintar. Pero, sobre todo, aprendió a disfrutar de las pequeñas acciones dentro de la rutina: elegir un lugar verde, descubrir una cafetería nueva, instalarse en un restaurante como quien equipa una oficina creativa, y desde ahí imaginar lo que viene.
Si su vida fuera un menú de pasos, Guadi tiene claro el pulso de su presente. Tras una cálida bienvenida, se siente hoy en la entrada: esa porción estratégica que regula el apetito con la medida justa que te prepara para lo que vendrá. “Es ese plato que despierta intriga y se encuentra en pleno crecimiento; algo de diseño, innovador pero con memoria, sin olvidar nuestras raíces; un sabor que genera felicidad y que, por encima de todo, te abraza”, concluye.
