PODEROSO VÍNCULO
En la intimidad de su hogar, rodeada de luz natural y detalles que reflejan su sensibilidad como diseñadora de interiores, María Julia González Galli (29) abre las puertas de una nueva etapa en su vida. Allí, donde cada espacio habla de armonía y calidez, también se respira el aire de un cambio profundo: el de haberse convertido en mamá. Junto a su hija Ernestina, de tres meses, y acompañada por su esposo, Renato Doldán, transita días que combinan aprendizaje, emoción y una entrega absoluta. En esta producción especial, también comparte escena con su propia madre, Susana Galli, en una imagen que resume tres generaciones unidas por el amor.
La llegada de Ernestina marcó un antes y un después. Cuando supo que estaba en camino, Maju sintió una felicidad intensa, de esas que desbordan, pero también un leve temor que se asomaba entre tanta emoción. “Era como darme cuenta de que mi vida estaba por cambiar para siempre”,
recuerda. Y eso se volvió tangible cuando tuvo a su hija en brazos por primera vez, un 27 de enero. “Es un amor completamente inexplicable, difícil de poner en palabras”, dice. En ese instante, todo cobró una dimensión distinta: la emoción se volvió más profunda; la responsabilidad, más real, y el miedo adquirió otro sentido. Un recuerdo que aún hoy la conmueve, y que volvería a vivir una y otra vez.
La maternidad llegó acompañada de descubrimientos inesperados. En este nuevo rol, Maju se reconoce más fuerte, más intuitiva y capaz de dar sin medida. La paciencia, que antes parecía un recurso limitado, hoy se expande con naturalidad: “Descubrí una fortaleza que no sabía que tenía”. Es esa fuerza la que le permite sostenerse cada día, incluso en momentos desafiantes, cuando el cansancio se mezcla con amor puro.
Su historia también es una de herencia emocional. La presencia de su madre, Susana, en esta etapa adquiere un nuevo significado. El vínculo entre ambas se transformó y profundizó desde la experiencia compartida. Hoy la admira desde un lugar distinto, pues comprende en carne propia lo que implica la entrega incondicional que define la maternidad. “La miro con otros ojos”, confiesa. Y es en ese reflejo donde muchas veces se descubre repitiendo gestos, palabras y formas de cuidar que le resultan familiares. “Me escucho y pienso: ‘Soy mi mamá’”, dice con una sonrisa cómplice.
UN LEGADO DE AMOR
Para Susana Galli, madre de varios hijos y abuela de numerosos nietos —Ernestina es la más reciente—, la maternidad se resume en tres palabras: paciencia, amor y entrega. Su mirada, atravesada por los años y la experiencia, aporta una perspectiva serena y profundamente emotiva. “Lo más lindo de ser abuelas es que no tenemos que ocuparnos de la disciplina, sino de disfrutar de ellos. El amor que nos dan es muy hermoso”, expresa. En sus palabras se percibe la sabiduría que solo el tiempo otorga.
Al observar a su hija en este rol, la emoción es inevitable. “Me emociona la entrega de Maju a Ernestina. Está las 24 horas pendiente. Es una supermamá”, afirma con orgullo. Y es que para Susana, ver a María Julia convertirse en madre es también reencontrarse con su propia historia, con recuerdos que ahora se resignifican. “Tengo tantas anécdotas para contarle a mi nieta sobre su mamá… De niña Maju siempre fue alegre, inquieta y con una personalidad muy linda”, relata en anticipo a ese legado de historias que algún día llegará a Ernestina.
En ese cruce generacional, también hay espacio para la reflexión. Susana destaca cómo las nuevas mamás viven la maternidad con una naturalidad distinta. “Admiro que las jóvenes de hoy la llevan de otra manera, más liviana. Tienen más recursos y ayuda, y me sorprende todo lo que existe actualmente que no teníamos hace 40 años”, comenta. Le fascina ver cómo enfrentan esta etapa, cómo se preparan y cómo logran integrar el maternar a sus vidas con estilo propio, sin perder su esencia.
Para María Julia, el equilibrio entre su mundo personal y la maternidad es un proceso en construcción. “Lo voy aprendiendo día a día”, admite. A veces, el caos se hace presente, pero también aparece una fuerza inesperada que la impulsa a seguir. Está aprendiendo a soltar las exigencias, aunque reconoce que no siempre es fácil. Su estilo, dice, oscila entre el perfeccionismo y la búsqueda de fluidez. Y es Ernestina, con su sola presencia, quien le recuerda que no existen reglas absolutas. “Ella me enseña más cosas a mí”, afirma y deja en claro que este vínculo es rico en aprendizajes constantes para ambas.
La perspectiva sobre lo verdaderamente importante también cambió. Hoy, su hija ocupa el centro de su universo. Los momentos compartidos, por simples que parezcan, se vuelven esenciales. Todo lo demás sigue existiendo, pero pierde peso frente a esa nueva prioridad que redefine cada decisión.
Pensar en el futuro le genera una ilusión especial, sobre todo al imaginar el vínculo que se construirá entre Ernestina y su abuela. Sabe que será una relación única, llena de amor y complicidad. Más allá de los objetos materiales, María Julia elige guardar recuerdos: pequeñas historias, instantes cotidianos, detalles que algún día formarán parte de la identidad de su hija.
Este Día de la Madre se viene distinto, el primero en esta nueva etapa. La celebración será simple, en familia, como a ella le gusta. Porque entendió que no hacen falta grandes gestos cuando el amor está presente en lo esencial. La historia de María Julia es la de una mujer que se redescubre a través de la maternidad; que aprende, se transforma y encuentra en su hija una nueva forma de mirar la vida. Y también es la historia de Susana, que desde su lugar de madre y abuela sigue siendo guía, sostén y ejemplo. Juntas representan la continuidad de un amor que se transmite, se reinventa y se multiplica con el paso del tiempo. Porque si hay algo que queda claro en este encuentro, es que la maternidad, en todas sus formas, es un vínculo eterno.








